El saludo cotidiano,
las formas para encarar el destino:
en cada amanecer el refriego de los dedos en las pestañas,
bien fuerte si eres machito, así
con músculos, sangramiento de encías y todo,
el saludo de la mano.
La incongruencia de no mirarse-
escapar los ojos a los ojos-
la pupila a la pupila-
pero hablándole a la boca,
traspasando el eco a la tráquea del otro,
al camino,
la incongruencia de hablarle a la tráquea del otro
evadiendo sus dientes.
Se dictan las leyes en el organismo.
Las leyes orgánicas permutan en los decibeles del silencio
del silencio que no se dijo.
La cláusula del silencio de todos los niños
para escapar los ojos a los ojos,
las cejas a las cejas,
el trabajo de sus sueños al trabajo de sus sueños.
La cláusula del destierro a una Siberia en el alma
con las formas frías
con la mugre fría del descuido.
Luego, no tan luego, la rabia,
la rabia del descuido de las palabras-
-como petardos- otras formas:
la indiferencia del enrejado eléctrico que separa,
la imprudencia de una pluma de gaviota sobre un tanque.
Qué melancólico es para un soldado su primer día de muerte:
por amor a su madre que lo quizo igual que su abuelo
o por amor a su patria.
(Porque siempre dudó sobre la rectitud exacta de la columna
no apta para nuestra anatomía).
La forma de la duda no es ese signo de gancho:
es el soldado en su primer día de muerte
que escupe, al tris, sobre la línea de fuego.
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