
Los cimientos de lo cotidiano
silban alrededor de las tazas vacías de té.
Todo silencia porque sí
y porque un adiós yace ansioso en las miradas.
Alzo un gramo de tejido cardíaco, contorsiona,
sale un ala de gaviota próxima al encuentro de su océano.
Encorvada mira su entorno en la más profunda caverna
donde se juntan los astros para dar a luz.
Allí no seguirá grutas siderales
sino territorios que guarden algo de mejillas
embetunadas con manteca.
Una gota de cobre lava mi rostro,
lo fragua quieto y por olvidar
como los besos después del resentimiento;
rompiendo rocas.
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